Mi llegada a Madrid
Siempre me han conmovido las historias reales, esas que incluso llegan a inspirar libros o películas. Las personas que por alguna razón en el mundo tienen algo adverso que contar, a todas ellas las veía yo como una especie de héroes. Personas con capacidades superiores para enfrentar realidades crudas. Quizás algo de morbo existe, pero lo que es innegable es que una vez que escuchas la verdad de algunos no se puede más que admirar ese ímpetu y esa fortaleza para tener la voluntad de seguir adelante.
Cuando llego a Madrid comienzo a sufrir una especie de síndrome, yo le llamaría sintechismo psicológico. En mi cabeza no tenía hogar, ni familia, ni amigos. Estaba claro que era transitorio (igual yo quería que los ovnis me llevaran). Aunque sí que tengo improntas relacionadas con esa sensación de desamparo. No entendía por qué había elegido transitar por ello. Y aunque todos tienen historias distintas, la mía fue bastante fuerte a un inicio. Tanto así que mi madre soñó que yo estaba durmiendo en un colchón en la calle y que sus tías Maura y Elena venían a recogerme (y este es un dato verídico).
Quizás tuve demasiada suerte al tener siempre cubiertas las necesidades básicas en mi lugar de origen. En fin, tengo en mi archivo de sensaciones recuerdos de este tipo. Y vengo relacionándolo mucho con cómo siento a estas personas. Es curioso que también he sentido haber perdido la esperanza en varias ocasiones. Me crucé el charco con un costal de sueños y de ambiciones personales que a veces me taladran los pensamientos. Pero proyectos de este tipo me retornan la esperanza.
Algunas personas piensan que los sueños los tienen comprados. Vamos por el mundo creyéndonos inmortales. Hace muchos meses que forma parte de mi rutina encontrarme de cara con esta realidad, porque como muchos, he vivido en una burbuja la mayor parte de mi vida.
Hace dos años que vivo en el rico Príncipe Pío, como diría mi compañero de piso. Es cuando de camino al metro, irracionalmente me giro y soy incapaz de observar a estas personas que se estacionan en la puerta del centro comercial, con el despropósito de existir. He llegado a la conclusión de que te puedes matar antes de que el corazón te deje de latir. Vivir desesperanzado también es una forma de morir agónicamente.
Me impresiona cómo es que elegimos ser indiferentes cada día a todas horas. Existe un término que se acaba de incluir en la RAE: aporofobia, dícese de la persona que tiene rechazo o miedo al desamparo o a la pobreza. Porque cualquiera que sea la causa, es decepcionante nuestra forma de enfrentar estas situaciones reales de la vida.
Conmovida con estas preguntas y afirmaciones que tengo en la cabeza inicio este proyecto al cual llamaré Intemperie.
Este proyecto nace en Nochevieja cuando decido compartir una cena calentita con mis amigos del barrio. Y les llamo amigos porque hemos compartido cosillas ya. Así decido reventar mi burbuja y en lugar de elegir el vestidito para la fiesta de Año Nuevo, prefiero elegir si llevarles cocido madrileño o estofado de res al estilo peruano. Y como mi carácter es fuerte, esa noche cenamos estofado.
El olor a guiso casero hizo que Begoña y yo rompiéramos el hielo; fue cuando comenzamos a echar charla. Y voy conociendo un poco más acerca de esta gran mujer que radica, de momento, en la plazuela de la Bombilla, aquí nada más, en el Paseo de la Florida.
Begoña no solo abrió su corazón para darme detalles de su acojonante historia, sino que me citó para echar un cafelito la próxima tarde, pero esta vez con mi cámara. Lo primero que pensé fue: ahora podrán verles a los ojos.
Begoña vive con Álvaro, Carlos, Marcos y Santi. Son personajes a los que la vida les ha dado un guantazo, sea que lo mereciesen o no. Vivir para ellos ha sido algo duro. Para mí es cada vez más importante que despertemos, que dejemos de vivir vidas vacías en las que solo reina nuestro ego.
He conocido a estas personas con el afán de ayudarles, cuando en realidad los que me están ayudando a mí son ellos. Caer en cuenta de lo iluminado que ha sido mi camino es una bendición.
Estas personas tienen algo en común. No son las drogas ni el alcohol, sino la carencia familiar. Cuando la vida te quita esto último, se te anula la voluntad; y cuando se te anula la voluntad, comienzas a estar perdido realmente.